El despertador empezó a gritar alrededor de las ocho y media, pero nos levantamos a las nueve. Después de la ducha y de acomodar todas nuestras cosas, hicimos el "check-out" del hostel y fuimos a desayunar al lado (otra vez, un desayuno bien cargado).
Fuimos al Edinburgh Castle, o castillo de Edinburgo, que está a unos cinco minutos de la confitería donde estábamos. Hicimos cola para sacar los tickets y nos quejamos al sentirnos muy poco representados por un grupo de, más o menos, 20 "pendejas" hablando -gritando- "todo ashii boló"... En fin, sacamos los tickets junto a unos reproductores, donde uno escribe el código del area del castillo donde está y un tour en audio explica todo; excelente. Luego del gran recorrido, con un "intervalo" para tomar un té y apalear el frío, dimos vueltas por el centro y sacamos unos tickets para un tour en bus. Lamentablemente, por una serie de dificultades, perdimos los dos primeros colectivos pero, la tercera es la vencida. Hicimos el tour y una viejita bien scotish y simpática hablaba por micrófono con gran entusiasmo y contando anécdotas insólitas. Fue bueno porque pudimos recorrer toda la ciudad o, mejor dicho, lo principal, en no más de una hora de colectivo.
Una vez de vuelta en la parada, corrimos hacia otro tour, uno por el St. Mary's Close, unas calles que quedaron bajo tierra y que hasta, por lo menos, la segunda guerra mundial, siguieron funcionando. De más está decir que el caracter de dicho tour era medio de terror. Aproximadamente una hora después del tour subterraneo, nuestro tren salió hacia Londres y, para nuestra sorpresa y alegría, al llegar había una tormenta de nieve, la peor en los últimos 13 años de Gran Bretaña, y en los 18 años de Londres. El volver a casa, a media noche y con nieve, fue toda una odisea. Sin embargo, la gente estaba entusiasmada y alegre.
Moraleja: debería nevar más seguido, favorece las relaciones sociales.